Transcurren días y noches enclaustradas en el círculo vicioso de la monotonía. Por más que intento flanquear los muros de la costumbre, mis apegos más pusilánimes y abulímicos merman mis escuetos esfuerzos. No hay poesía, no hay vida. Hay mugre en mis ojos impidiéndome el goce de un panorama prodigioso, la extensión de lo infinito y lo desconocido. Enfrascado en mi mente, atribulado por embrollos absurdos: una araña atrapada en su propia tela.
Las horas pasan impersonales, tan indiferentes como el observador. Los sucesos cotidianos se tejen con hilo de cuero duro, opaco, inflexible. Veo mugre a mi alrededor porque tengo mugre en mis ojos. Porque quiero ver con mis ojos: todo aparece insípido. Porque quiero ser mente, lenguaje, números: todo aparece geométrico. Las conversaciones pierden sus riquezas. El oro de la vida se escurre de mis manos, porque en mi terca ceguedad lo confundo con tierra y lo echo a un lado, obsesionándome con una búsqueda que nunca encuentra. Desearía ser poeta, desearía ser libre. He ahí el gran tesoro de la vida: hallar la poesía, descubrir la libertad, en un mundo acorralado, cercado por raciocinios y conceptos que son ley en una jungla caótica y visceral.
Por eso te pido, musa, ¡llévame a la belleza! ¡a la morada del ser y no ser!
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