domingo, 29 de enero de 2012

Las lágrimas fluían por las laderas de sus mejillas,
hurgó en las cenizas,
removió la arena de castillos pasados; castillos encantados.
Miró las fotografías y en su mente,
trató de decir que por última vez,
que tiraría las cenizas al mar,
que dejaría la arena tranquila,
que la marea la renovara.
Las lágrimas se habían evaporado,
pero todavía lloraba,
en su fuero interno, escondido entre las fibras más íntimas de su ser,
aquél niño era pura culpa, pura pena.

miércoles, 18 de enero de 2012


'cause we're the fishes and all we do / The move about is all we do / Well, oh baby, my hairs on end about you...
Ven nena,
ven conmigo, vamos a dar una vuelta por éstas calles vacías,
llenas de sombras.
Vamos a escupir al cielo, a ver qué pasa.
No te quedes atrás,
ven conmigo, te quiero mostrar éstos gélidos caminos,
estos incandescentes corazones, estos ojos apagados.
Te quiero hacer llorar y gritar mi nombre,
no te quedes atrás,
sigue a mi lado, camina a mi paso y no nos desmoronaremos,
nos agrietaremos sí, como éstos muros de hielo,
entonces nos volveros líquido
y nada nos separará
porque entonces seremos uno,
hasta evaporarnos en el éter y convertirnos en una nube
y volver con la lluvia.

lunes, 9 de enero de 2012

Me zambullí en el oscuro abismo de sus ojos,
entonces me perdí.
No podía conocerla ni ella conocerme,
éramos como dos extraños cruzándose en el camino.
Y ninguno de los dos sabía a dónde iba ni de dónde venía.

Pero ella era un ángel y yo un demonio,
ella era clara, un divino éter envolvía la ternura de su ser.
Yo era oscuro como la noche y mis ojos, denso y amargo, un frío mejunje.

Pero sus ojos eran un piélago, tan abismales y profundos como los míos;
era por nuestros ojos donde nos uníamos y fundíamos,
creaturas tan dísimiles, de mundos tan lejanos.
Éramos tú y yo dos extranjeros hablándo el mismo lenguaje.
El lenguaje de los enamorados,
el de los desdichados,
el de los que nunca se encuentran así mismos,
el de los que se pierden en los ojos del ser amado.

Hombre solitario, triste canción
las almas naufragan distantes
por aguas negras y azules
y yo sin tu amor

hombre solitario, así me hizo dios
las rutas de mi corazón llevan a abismos,
y mis ojos y manos son como muros vacíos
porque no han visto ni tocado tu cuerpo.

domingo, 1 de enero de 2012

Un pasadizo con El Túnel.

"Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable… No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía que pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había trascurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esa muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía afuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces me sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome? ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a los lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado".

El Túnel, Ernesto Sabato. Capítulo XXXVI