lunes, 28 de mayo de 2012

Mi sonrisa clavada al mediodía,
tu silueta vacía,
arropada con la gente.
Mi música atronadora y opaca
como un festival
de almas silbantes.
Se callan al alba,
las olas copiosas,
los cercos,
fugitivos,
se esconden del caminante
ebrio y de malas nubes.

Los dedos del sol
descienden,
los corazones se encojen,
las hojas recogen
el viento seco,
los niños juegan a olvidar,
los adultos olvidan el juego...

Centinelas crepusculares,
en cada sombra,
se esconde un río de verdad,
de misterio infinito,
de pureza que encandila.

Ventura de mis pasos,
sacrilegio de los cielos,
hollando en el diluvio,
mi propia tumba,
mis propios besos.

La asfixia de un vórtice
que se encierra en sí mismo,
sustancia enferma
que llaman mente.
La tempestad de los sentidos,
las verrugas del espíritu,
la eterna virginidad del alma viajera...



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