Fue hacia al atardecer de aquél último solitario y fatídico verano. Jacques sacaba fuera el caballete, sus pinceles y pinturas; lo instalaba a unos 15 metros frente al pórtico de la casa, luego de unos rodeos, lo centró y ajustó en el sitio que le satisfizo. Corría un indeciso y ligero viento fresco, Jacques volvió a la casa a buscar lo último que faltaba. Salió al instante con una vieja botella de licor con contenido en su interior de la cuál, por la boca, sobresalía un trapo; un cóctel molotov. Se fue bordeando el lado derecho de la casa hacia la parte trasera. Frente al él, sobre una elevación, se extendía un frondoso bosque de pinos. Sacó del bolsillo izquierdo de su pantalón una caja de cerillas, sostuvo entre el brazo derecho y sus costillas la vieja botella, encendió una cerilla, tiró la caja al suelo y encendió la mecha de su cóctel molotov, contempló unos segundos la verde inocencia de los árboles y con un gesto casi grotesco por su sutileza lanzó la botella con toda la fuerza que pudiera soportar su brazo derecho. El incendio fue casi instantáneo. La verde inocencia de los pinos se convirtió súbitamente en roja furia del infierno. Las llamas se elevaban hacia el cielo, dando la artística impresión de un cuadro dantesco, del que surgía de entre sus cenizas la eterna y flamante silueta de un ave fénix. Jacques volvió corriendo hacia donde estaba su caballete, esperándolo obediente junto con sus demás materiales de arte. Ajustó el papel de tela sobre éste y mezcló las pinturas a medida que observaba pasmado su mismísima obra frente a sus ojos. Pero debía darse prisa, debía plasmar su obra, debía capturar al máximo su efímera esencia. Mezcló las pinturas, colores rojizos y anaranjados, amarillentos y lumínicos, tenues azules magentosos; debía recrear lo más genuinamente los majestuosos tonos del fuego. Y Jacques pintó su obra, aún la pintaba y había transcurrido casi una hora y el infierno se cernía sobre su casa, frente a sus ojos inyectados en sangre y Jacques pintaba y seguía pintando importándole un bledo su casa. Entonces de la parte trasera de la casa empezaron a rugir las llamas y el humo del bosque se había vuelto negruzco en lo más alto, y entonces sonaron unas sirenas acrescentes a lo lejos, acercándose cada vez más.
Cuando los bomberos llegaron fueron testigos de un siniestro panorama; la casa ardía en llamas y el bosque atrás la enmarcaba con el humo y el fuego maduro y frente a todo ello un hombre alto y flaco, con los cabellos enrizados y peinados hacia atrás terminaba con devoción la que fue su última obra. Todo aquello ocurrió con brutal rapidez, en un lapso de unos 5 segundos desde que llegara el carro de bomberos y antes de que éstos se apearán siquiera del vehículo, el hombre había echado a correr hacia la casa, atravesando un portal hacia el infierno. La obra del pintor estaba terminada.
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