domingo, 29 de enero de 2012

Las lágrimas fluían por las laderas de sus mejillas,
hurgó en las cenizas,
removió la arena de castillos pasados; castillos encantados.
Miró las fotografías y en su mente,
trató de decir que por última vez,
que tiraría las cenizas al mar,
que dejaría la arena tranquila,
que la marea la renovara.
Las lágrimas se habían evaporado,
pero todavía lloraba,
en su fuero interno, escondido entre las fibras más íntimas de su ser,
aquél niño era pura culpa, pura pena.

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