Me zambullí en el oscuro abismo de sus ojos,
entonces me perdí.
No podía conocerla ni ella conocerme,
éramos como dos extraños cruzándose en el camino.
Y ninguno de los dos sabía a dónde iba ni de dónde venía.
Pero ella era un ángel y yo un demonio,
ella era clara, un divino éter envolvía la ternura de su ser.
Yo era oscuro como la noche y mis ojos, denso y amargo, un frío mejunje.
Pero sus ojos eran un piélago, tan abismales y profundos como los míos;
era por nuestros ojos donde nos uníamos y fundíamos,
creaturas tan dísimiles, de mundos tan lejanos.
Éramos tú y yo dos extranjeros hablándo el mismo lenguaje.
El lenguaje de los enamorados,
el de los desdichados,
el de los que nunca se encuentran así mismos,
el de los que se pierden en los ojos del ser amado.
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