De pronto, voy cayendo. En un abismo sin fondo. Incorpóreo. Oscuro. Casi dejo de ser, pero sí dejo de estar. De estar aquí, donde "debería" estar. Entonces, vienen los espasmos. Espasmos nerviosos. Inexorable turbulencia fatídica. Asfixiante deseo de dejar de ser. Ni ser, ni estar; ésa es la cuestión elemental de mi desesperación. Mi desesperación.
Soy una inocua bacteria, excepto para mí. Dice la voz. Éste sufrimiento es mío, nada más. Pero soy un monstruo febril e indolente; atrofiado todo sentido de compresión o empatía. Pulsiones suicidas, autodestructivas, degenerativas; decoran la helada concha, en la que me enclaustré con mi pesimismo violento y absurdo; porque soy un absurdo y un tanto violento.
Heme aquí, que no quiero seguir escribiendo, porque tengo miedo de mis pensamientos.
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